SE NOS FUE MAYOLO. ¡SNIF!
POR JOTAMARIO ARBELÁEZ
Cronopios
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Ve Jotamario, vos cada día te
me pareces más al conde de Lautreamont, solía
decirme Mayolo cada vez que me lo encontraba, y él
sabía que me dejaba grogui con semejante cobazo.
Aunque nunca le dije 'más vos', la verdadera continuación
de Lautreamont era él, con esa manera de usar el
verbo para latigar con chispa, para zaherir con gracia,
para versificar sin libreto y para filosofar con filo.
No dejó quieta la palabra, siempre la tuvo a flor
de lengua como un cable de alto voltaje.
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Para no quedarme atrás, y joderlo un poco,
le ripostaba con mi apreciación juguetona de que ya casi
lograba coronar su anhelo de ser más famoso que Andrés
Caicedo. Cuál fama, la fama mama; yo sólo soy
lo que vos sabés que no se puede ser en Colombia, ni
en ningún lado. Nadie puede quitarme el puesto que ocupo
de ser el hijo de mi mamá. Snif.
Una mala lengua de minifalda -a quien no vi en
el sepelio y tuvo que ver con ambos- me dijo que él habría
firmado un pacto de suicidio con el autor de Que viva la música,
y había pasado de agache. Pero Carlos Mayolo vivió
su vida como un suicidio lento, con cada frase, cada trago y
cada esnifazo tirando a matarse. Si Andrés creó
el cine-club, Mayolo se metió en el cine y en el club,
para burlarse de ambos, como lo hizo con la
oligarquía y con el partido. Las verdaderas películas
de Mayolo eran Mayolo trabajando como la cabra que era. En él
se cumplió la máxima médica de que droga
no hace daño sino a quien está propenso a enfermarse.
Mi vecino Sandro Romero me llamó para
decirme que se le había reventado el corazón mientras
leía el periódico sentado en el sofá de
su suegro el alcalde de Tipacoque. Me acordé de la frase
del conde, que celebrábamos: ". como el cielo ha
sido hecho por Dios, lo mismo que la tierra, ten la seguridad
de que encontrarás los mismos males que acá abajo".
Me puse los mocasines y me fui a despedirlo a la funeraria Gaviria.
Snif.
Estaban todos, los actores de sus cintas, las
actrices de sus amores, los amores de sus dolores, colegas directores
y productores, detractores y admiradores, maldicientes de oficio
y bendecidores del ocio, la flor y nata de la periquería
nacional. Ninguno podía creer que esta vez sí
se había muerto y estaba bien muerto el muerto. Como
se le había escapado tantas veces a la muerte sus amigos
se habían hecho a la idea de
que la muerte no iba con él.
Su último deseo fue que Vicky Hernández
llevara la palabra en las honras fúnebres, para evitarse
el sepelio. Pero la oración de la actriz fue tan conmovedora
como parca.
Ay Beatriz Caballero, mirándote firme empujando
el despojo para que se volviera crema, acudió a mis labios
Vallejo el bueno: "Se acabó el extraño, con
quien, tarde / la noche, regresabas parla y parla. / Ya no habrá
quién me aguarde, / dispuesto mi lugar, bueno lo malo".
Snif.