¿QUÉ NUEVA ESTRATEGIA
EN IRAK?
POR IMMANUEL WALLERSTEIN
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Durante un
mes, George W. Bush ha proclamado que está en busca
de una "nueva estrategia" para la "victoria"
en Irak, y que está haciendo amplias consultas
acerca de lo que será esta estrategia. Dados los
indicios y filtraciones, hay muy pocas personas que con
el alma en un hilo esperen el discurso presidencial donde
revele sus decisiones. La nueva estrategia promete ser
la vieja estrategia, con tal vez unas cuantas tropas estadunidenses
más en Bagdad.
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Por vez primera, el presidente sí admitió
que su país no está ganando aún en Irak,
pero que tampoco está perdiendo. El número de
personas, en Estados Unidos y otras partes, que están
convencidas de esto disminuye más y más. Una encuesta
realizada a principios de diciembre en seis naciones occidentales
muestra que 66 por ciento de los estadunidenses está
en favor de una retirada de las fuerzas de coalición,
y en Italia, Alemania, Gran Bretaña, España y
Francia las cifras están en el orden de 73 a 90 por ciento.
Como dijera el Financial Times, "en muy pocas ocasiones
Estados Unidos ha tenido tal necesidad de amigos y aliados".
El 7 de diciembre, aniversario de Pearl Harbor, un senador republicano,
Gordon Smith, que desde el inicio de la guerra la apoya, anunció
que había cambiado de opinión. "Yo, por mi
parte, ya llegué al final de la soga en lo referente
a respaldar una política que tiene a nuestros soldados
patrullando las mismas calles, quienes de la misma manera son
volados en pedazos por las mismas bombas día tras día.
Eso es absurdo. Puede, aun, ser criminal. Ya no le puedo dar
mi apoyo a eso".
Entonces, ¿por qué Bush hace tanto teatro acerca
de una nueva estrategia si claramente pretende continuar su
vieja estrategia? Dos, las razones: las elecciones de noviembre
y el informe Baker-Hamilton. Las elecciones le mostraron a Bush
que la política iraquí ha causado serias averías
en la fuerza electoral del Partido Republicano. Es claro que
se requiere más que despedir a Donald Rumsfeld para impedir
el desplome de los candidatos republicanos, en particular si
2007 resulta en mayor proporción de bajas en Irak, mayor
limpieza étnica, un descenso adicional del dólar
y caída mayor en los niveles de vida de 80 por ciento
inferior de la población estadunidense.
En cuanto al informe Baker-Hamilton, su frase inicial es: "La
situación en Irak es grave y se deteriora". Mucho
de la discusión de este informe ha sido qué tanto
el Grupo de Estudio sobre Irak podía convencer a Bush
de que siguiera sus numerosas y no tan audaces sugerencias de
cambio. Pero nunca fue éste su propósito. Ni Baker
ni Hamilton son tontos. Ambos son viejos adherentes de las políticas
estadunidenses. El propósito del informe era legitimar
la crítica a la vida política estadunidense, procedente
del centro del establishment tradicional, y claramente desató
esta crítica. La declaración del senador Smith
da testimonio de esto. Otro testimonio es la creciente osadía
de los oficiales militares al hacer público su profundo
escepticismo.
Así que, ¿qué ocurrirá ahora? Bush
pujará en favor de su plan de enviar más tropas
estadunidenses. Como lo señalan todos los comentaristas
serios, esto no hará diferencia alguna en lo militar.
Por supuesto, si Estados Unidos enviara 300 mil soldados, podrían
sofocar tanto la insurgencia como la guerra civil. Pero aun
enviar 30 mil soldados significará un increíble
desgaste de la viabilidad y la moral de los militares estadunidenses.
Para junio de 2007, cuando mucho, será claro aun para
los más tercamente ciegos como Bush y los neoconservadores
que sobrevivan, que Estados Unidos se encuentra en un callejón
sin salida y se desangra profusamente.
¿Por qué entonces Bush no pone fin a sus pérdidas?
No puede. Su presidencia entera gira en torno a la guerra de
Irak. Si intenta poner fin a sus pérdidas, tendría
que admitir que es responsable de un desastre nacional. Así
que no le queda sino blofear hasta 2009, para luego endosarle
el desastre a alguien más. Es decir, no tiene otra opción
aceptable para él. Pero Bush aprenderá algo en
los siguientes 18 meses. La situación está fuera
de control y aun el presidente de Estados Unidos puede verse
forzado a hacer cosas que le resultan aborrecibles.
Primero que nada, está la presión del electorado
estadunidense, y como tal, la de los políticos. El número
de republicanos racionales y de tímidos demócratas
que quieren apartarse de la guerra crece día con día.
Lo vemos en la declaración de Joseph Biden uno de los
senadores demócratas más conservadores, presidente
entrante del Comité de Relaciones Exteriores del Senado
en el sentido de que sostendrá audiencias (es claro que
serán hostiles) sobre un aumento de tropas en Irak. Mi
suposición es que, en la acalorada lucha demócrata
por la nominación presidencial habrá un impulso
lento al principio y después muy acelerado hacia una
postura abierta contra la guerra. Esto lo observamos en las
posiciones asumidas por los aspirantes a la presidencia, Barack
Obama y John Edwards. Hillary Clinton no se quedará a
la zaga por mucho tiempo. Y cuando esto ocurra, o igualan esto
los aspirantes republicanos o se verán condenados a perder
la elección.
Luego están los generales. Parece que al nuevo secretario
de Defensa, Robert Gates, se le encomendó la tarea de
alinear a los militares disidentes. El general John Abizaid
se "retirará" en unos cuantos meses y el general
George Casey ya limó su oposición abierta. Gates
seguramente se presiona a sí mismo para mantenerse alineado
también. ¿Pero cuánto tiempo puede durar
esto? Seis meses, cuando mucho. La vida se vuelve difícil
para un comandante en jefe que pierde guerras. Eso es verdad
en todas partes y en todo momento. No será diferente
en Estados Unidos de América.
Traducción: Ramón Vera Herrera