Afortunadamente esta campaña no parece haber sido
demasiado eficaz para "formatear" la conciencia
política de las masas ecuatorianas. Su notable triunfo
contra el multimillonario Noboa en las elecciones presidenciales
pasadas fue una primera señal de los límites
con que tropiezan tales ardides; la paliza electoral infligida
el día de ayer lo ratifica y, de paso, confirma que
el llamado hecho por Correa obedece a razones profundas e
impostergables por lo que el triunfo del "sí"
a la convocatoria de una constituyente debe ser saludado como
un avance político de primera magnitud.
Son muchos los datos que abonan esta interpretación.
Una encuesta realizada en 18 países de América
Latina por Latinobarómetro a mediados del 2006 demuestra
que Ecuador y Bolivia son los dos países con la mayor
proporción de ciudadanos que dicen que puede haber
democracia sin partidos políticos y sin congreso. En
el caso del Ecuador las cifras son de un 45 y un 42 por ciento
respectivamente; en Argentina 64 y 71 por ciento. En buenas
cuentas, casi la mitad de la población ecuatoriana,
harta de los engaños, las maniobras y las corruptelas
que se manifestaron con inusual intensidad en ese país
cree que es posible construir un régimen democrático
sin partidos ni congreso.
Si observamos la proporción de gente que cree que
el gobierno favorece a unos pocos privilegiados en lugar de
hacerlo a favor de todo el pueblo los resultados son escandalosos.
Sólo el 11 por ciento de los ecuatorianos creen en
lo segundo; 89 por ciento, en cambio, cree -¡con razón!-
que se gobierna a favor de los ricos y poderosos, siendo estos
guarismos los más extremos de toda América Latina.
Lo interesante del caso es que pese a estas decepcionantes
realidades los ecuatorianos siguen teniendo confianza en la
democracia: el 54 por ciento dice que es preferible a cualquier
otra forma de gobierno, una cifra similar a la de Chile (56
por ciento) y superior a la de Colombia (53 por ciento) y
Brasil (46 por ciento). Esta virtuosa persistencia del apoyo
a la democracia es tanto más loable si se tiene en
cuenta que cuando se le preguntó a los entrevistados
si se hallaban "satisfechos" o "más
bien satisfechos" con el funcionamiento de la democracia
en Ecuador apenas el 22 por ciento respondió afirmativamente.
Conclusión: la propuesta del presidente Correa es
razonable y necesaria porque intenta subsanar la profunda
deslegitimación que ha sufrido la democracia a manos
de gobiernos "pseudo-democráticos" que una
y otra vez traicionaron el mandato recibido en las urnas.
No por casualidad grandes movilizaciones populares desalojaron
a tres presidentes en menos de diez años. Una de las
más distinguidas sociólogas ecuatorianas, Ana
María Larrea, caracteriza a la constitución
de 1998, surgida luego del derrocamiento de Abdalá
Bucaram, como "esquizofrénica": de avanzada
en la formalización de los derechos medioambientales,
de los pueblos indígenas y afroecuatorianos, de las
mujeres, de los niños y jóvenes y de los discapacitados
pero, al mismo tiempo, su talante neoliberal consagra un estado
"ausente", débil, sin adecuados organismos
de control democrático y perpetúa un sistema
político (partidos y congreso) con escandalosos niveles
de irresponsabilidad y corrupción, lo que impide que
los derechos que contempla puedan materializarse.
Con el triunfo del sí se abre un proceso tendiente
a poner fin a esta intolerable escisión entre derechos
constitucionales que se convierten en letra muerta y un orden
democrático deslegitimado e inoperante. El objetivo
de la reforma será reconstruir al Estado, crear dispositivos
que garanticen la redistribución de la riqueza y la
justicia social, la defensa de la soberanía nacional
y la nacionalización de los recursos naturales. Claro
que nada de esto podrá lograrse sin vencer la encarnizada
resistencia de las clases dominantes y sus aliados en Washington.
Tal como se ha dicho una y otra vez, quien pretenda reformar
nuestras sociedades no tendrá que vérselas con
hidalgos adversarios prestos a reconocer que su ciclo político
ha concluido sino con feroces enemigos dispuestos a responder
con los horrores de una sangrienta contrarrevolución
la osadía de pretender cambiar un orden que sus beneficiarios
no sólo n justo sino también natural e inmutable.
Correa ha triunfado y demostró no sólo sabiduría
para planear y ejecutar su estrategia de construcción
de poder sino además el valor y la audacia que requieren
todas las grandes iniciativas políticas. Ecuador necesita
este acto fundacional, y parece haber encontrado el personaje
capaz de encarnar esa necesidad histórica. Puede sonar
demasiado hegeliano, pero como Marx se encargó de demostrar
la historia es siempre un proceso dialéctico en donde
los grandes procesos estructurales requieren de la aparición
de ciertos sujetos colectivos e individuales. En los últimos
diez años Ecuador vio nacer a los primeros. Ahora parece
haber encontrado a su líder. ¡Enhorabuena!