NAVIDAD SIN PINOCHET
POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN
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La muerte de
Augusto Pinochet marca el final de una época aciaga
en la historia de América Latina. En el marco de
la guerra fría, con la lucha anticomunista sucumbieron
la democracia incipiente, las necesidades propias del
desarrollo social y hasta la decencia y el decoro en el
manejo de los poderes del Estado. Por ello no sorprende
que al final de su vida, Pinochet soportara la presión
del descrédito y del desprecio de la mayor parte
de los pueblos del mundo por la violación generalizada
de los derechos humanos, la comisión de delitos
de lesa humanidad y, también, por la pedestre corrupción
administrativa.
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En efecto, el deceso de nonagenario militar representa
un hito importante en el proceso vivido por los países
de América Latina durante y después de la guerra
fría. Reafirma el final de las dictaduras de extrema
derecha patrocinadas desde los Estados Unidos para liquidar
la democracia e impedir los cambios sociales en todo el continente
americano. El golpe de estado, acompañado del bombardeo
del palacio presidencial donde se refugiaba el Presidente Salvador
Allende, constituyó una advertencia categórica
del militarismo contra los anhelos de cambio pacifico y electoral
que se extendían de uno a otro extremo de la América
Latina y frenó en seco el ascenso democrático
que se vivía en los años posteriores al triunfo
de la Revolución Cubana.
Al amparo de ese golpe surgió y se ejecutó
la Operación Cóndor destinada a aniquilar la izquierda
política y que cobró cientos de víctimas
tanto en las filas de los partidos de izquierda pero como en
los sectores progresistas de la sociedad, incluidos eminentes
exponentes de la Iglesia Católica. Víctimas celebres
de esa operación encubierta de los servicios secretos
de los gobiernos del Cono Sur fueron el General Carlos Pratts
en Buenos Aires y Orlando Letelier, ex Ministro de Allende,
en Washington D.C.
Las repercusiones de todo ello se sintieron en
Colombia donde pudimos vivirla y padecerla con el genocidio
que condujo a la liquidación de la Unión Patriótica
y al debilitamiento de los movimientos sociales por el asesinato
de dirigentes sindicales, periodistas independientes y defensores
de los derechos humanos. Los rescoldos de ese pinochetismo se
expresan todavía en la justificación y subsistencia
de una modalidad de terrorismo que envuelve al fenómeno
paramilitar en el cual indudablemente aparecen involucradas
las mismas fuerzas que le dieron vida en el Cono Sur en su afán
de liquidación de las libertades y de exterminio físico
de quienes consideran que un mundo mejor es posible.
Vamos a celebrar la Navidad sin Pinochet en medio
de un panorama promisorio que se extiende desde Argentina y
Chile hasta Brasil, Venezuela, Ecuador y Nicaragua. Más
que rendirle culto a uno de los dictadores más sanguinarios
de que tenga noticia Latinoamérica, nos corresponde este
fin de año alzar la copa por la vida, por la paz, por
la democracia, por el progreso social y por la conquista de
la soberanía plena de nuestros pueblos.