EL TLC DEMÓCRATA
POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN
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A cuenta gotas se empieza
a conocer el contenido del acuerdo bipartidista en los
EEUU respecto de la aprobación de los TLC con Colombia,
Corea, Panamá y Perú. Todos deberán
incorporar nuevas cláusulas laborales y ambientales
acordes con los acuerdos internacionales, mientras que
Colombia deberá, adicionalmente y como requisito
previo a su trámite, mostrar resultados en los
procesos judiciales de más de 400 sindicalistas
asesinados solamente en los últimos dos años
y garantizar que se concretarán responsabilidades
individuales en el escándalo de la para-política.
Algunos sectores de la oposición
miran con buenos ojos la imposición demócrata
al Gobierno de Bush pues consideran que le imprime una
impronta social al texto del TLC que aceptó el
Presidente Uribe. Incluso piensan que con esas modificaciones
deja de ser lesivo para los intereses de los sectores
más débiles de la sociedad colombiana. ¡Cómo
están de equivocados! Los acuerdos bipartidistas
en los Estados Unidos, como es de la sana lógica,
atienden sus intereses estratégicos y no los nuestros.
Veamos:
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Los tres nuevos requisitos tienen un común
denominador: la incapacidad del Estado colombiano para hacer
cumplir su propia legalidad, algo nada extraño en un
país que ya no tiene Ministerio del Trabajo ni de Justicia
y en el que la compleja temática ambiental se supedita
al Plan Colombia y a la construcción. Fuera de ser indicio
de que estamos en el listado de estados fallidos del Departamento
de Estado norteamericano, las disposiciones que ahora se introducirán
al TLC colocarán las temáticas laboral, ambiental
y de justicia fuera de la competencia de nuestros tribunales
para ser debatidos por la justicia y los cuerpos colegiados
de ese país.
En materia sindical, la legislación colombiana
es más avanzada que la de los EEUU, país que no
ha suscrito los acuerdos de la OIT. De ahí la discrecionalidad
anunciada en la cláusula que permitirá a la contraparte
determinar si las condiciones de trabajo y salarios de los exportadores
colombianos son aceptables o no. Lo propio, respecto del cumplimiento
de las directrices ambientales del único país
que se niega a suscribir el Tratado de Kyoto pero que ha utilizado
el incumplimiento de normas sobre los delfines para excluir
del mercado norteamericano las exportaciones de pescado mejicanas.
Y ¿qué decir de la impunidad reinante de las violencias
acumuladas que están haciendo zozobrar el mismo tejido
social?
Las nuevas exigencias de los Estados Unidos tienen
que ver con la demostrada incapacidad del gobierno colombiano
para imponer la vigencia del Estado de derecho en su propio
territorio. Ello nos convierte en un riesgo potencial enorme
para la política exterior de esa potencia en América
Latina. El TLC se constituye, en esta coyuntura, en el instrumento
propicio para exigir nuevas renuncias de soberanía con
el objeto de someter a los poderes nacionales a penalidades
económicas que los presionen a algo tan necesario como
cumplir y hacer cumplir la ley. Este debate va mucho más
allá del TLC Demócrata y no debemos permitirnos
el dudoso lujo de evadirlo.