LA COMISIÓN DEL GASTO
PÚBLICO
POR EDUARDO SARMIENTO PALACIO
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A mediados de la semana se divulgaron las recomendaciones
de la Comisión del Gasto Público. En términos
generales se propone contraer el gasto público
en $1.5 billones, vender las centrales eléctricas
que quedan y bajar los aranceles de la carne, el pollo
y el maíz. Aunque en los diarios no se dice cuál
es el diagnóstico que llevó a recomendar
esas medidas y cuál es el propósito concreto,
cabe imaginar que el grupo fue convocado para sugerir
fórmulas fiscales conducentes a bajar la inflación
y detener la revaluación.
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El Ministro de Hacienda y la Comisión parten
de la premisa de que los desequilibrios de la economía
se originan en el déficit fiscal y en el gasto público.
Ciertamente, estos elementos tienen alguna influencia en ambas
dolencias, pero no son la causa principal. La revaluación
se acentuó hace dos años y las presiones inflacionarias
sobre los bienes no transables se han observado en el último
año, y en todo el período se redujo el déficit
fiscal consolidado de la nación, que es el que cuenta
para efectos económicos.
La explicación la he dado varias veces.
La revaluación es el resultado de la confluencia de la
abundancia de divisas ocasionada por la liquidez mundial y las
privatizaciones, la modalidad de cambio flotante y la presencia
de especuladores. Se configuró un casino en el cual se
obtienen recursos al 4% en dólares en los mercados internacionales
y se colocan internamente al 8% más la revaluación.
Por ejemplo, no obstante que las acciones de la Bolsa han mantenido
una relativa estabilidad con tendencia a la baja, en lo corrido
del año su rentabilidad en dólares es de más
de 30% anual. Mientras se mantengan estas condiciones, lo que
se haga en materia interna será compensado por el monumental
incentivo a traer capitales que ocasionan la revaluación
e inducen las importaciones, y posteriormente crean la explosión
de la demanda que permite adquirir las importaciones y presiona
al alza los precios de los bienes no transables.
Lo anterior se ilustra con un simple ejercicio
aritmético. De acuerdo con la identidad de las cuentas
nacionales, el déficit en cuenta corriente es igual al
déficit fiscal más el exceso de la inversión
sobre el ahorro. Si el déficit fiscal fuera el responsable
de la revaluación y del déficit en cuenta corriente,
los dos faltantes tendrían magnitudes similares. Sin
embargo, se estima que al final del año el déficit
en cuenta corriente llegará a 4% del PIB y el déficit
fiscal se mantendrá por debajo de 1% del PIB. La responsabilidad
del déficit fiscal no es más de la cuarta parte;
el grueso se explica por el exceso de inversión sobre
el ahorro inducido por la especulación.
El recorte del gasto en $1.5 billones es muy poco
lo que puede hacer para contrarrestar el panorama. No corresponde
ni a la décima parte de los recursos que empleó
el Banco de la República en los primeros cinco meses
para adquirir los excesos de divisas y no logró detener
la revaluación. De ninguna manera compensa la decisión
del Banco de suspender la intervención cambiaria.
La recomendación más sorprendente
es la privatización de las empresas eléctricas,
como ISA e Isagén. La operación induciría
mayores entradas de divisas, elevaría los rendimientos
financieros internos al presionar los precios de la Bolsa e
invitaría al Gobierno a aumentar el gasto. El problema
que se origina es la abundancia de divisas, y el incentivo para
traerlas curiosamente se convierte en la solución. Lo
más grave es que se trata de un mal negocio para la nación.
El país vendería empresas que están dando
rendimientos de más de 30% en dólares para acumular
reservas que rinden 3% o pagar deuda que cuesta 9%.
La baja de aranceles de los alimentos carece de
cuantificación y le sobra tinte ideológico. En
las condiciones actuales en que el peso se revalúa con
respecto al dólar y se devalúa con respecto al
bolívar, estimularía la triangulación para
traer bienes agrícolas y colocarlos a altos precios en
Venezuela. De nuevo, las presiones inflacionarias se resolverían
abriendo focos especulativos y propiciando la entrada de bienes
foráneos que desplazan la producción y el empleo.
Las recomendaciones fiscales no guardan relación
con el monumental desajuste que genera la revaluación.
En unos casos son modestas, en otras agravan la dolencia, y
en conjunto su incidencia sobre el déficit fiscal no
es más de medio punto porcentual del PIB. Aún
más preocupante, mientras ingresen capitales que se contratan
en el exterior a tasas ínfimas, los buenos oficios para
contraer el déficit fiscal se neutralizarán con
mayor gasto de inversión y consumo.
La Comisión está en el lugar equivocado.
El problema se encuentra en la abundancia de divisas, la modalidad
del cambio flotante y la presencia de especuladores, y la política
fiscal no dispone de poderes para remediarlos. Las soluciones
hay que buscarlas en los controles de capitales, el freno a
las privatizaciones y la modificación del sistema cambiario.
El Espectador, Bogotá, 9 de junio de
2007