LA MÁS REGRESIVA LEY AGRARIA DE LA
HISTORIA DE COLOMBIA
POR AURELIO SUÁREZ MONTOYA
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En la comisión
Quinta del Senado, con cuestionados procedimientos y mínima
mayoría, se aprobaron cerca de 140 artículos
de los más de 160 que componen la Ley de Desarrollo
Rural o Estatuto Rural.
Este proyecto, el de trámite más
avanzado en la agenda del segundo gobierno de Uribe, concreta
la intervención del Estado para el ordenamiento
del agro colombiano a tono con el TLC y con los arreglos
acaecidos en las áreas rurales de Colombia en los
últimos veinte años, en los que fueron desplazados
3.6 millones de personas, el 82% en la última década.
La producción de "bienes transables de tardío
rendimiento, bosques y servicios ambientales" y el
"ajuste radical" de la economía campesina
son las directrices de ese Estatuto.
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Al desconocerse el mandato constitucional de brindar
"debida protección a la producción de alimentos",
se recurre al manejo autócrata del territorio a fin de
imponer la meta gubernamental para 2020 de siete millones de
hectáreas sembradas en cultivos tropicales como palma
aceitera, cacao, yuca y forestales y demás de las cadenas
agro exportadoras. El instrumento para los fatales fines es
el INCODER, Instituto Colombiano de Desarrollo Rural. Las orientaciones
emanadas del ministerio de Agricultura y del Consejo Directivo
de ese Instituto, donde el poder se concentra en esa cartera,
en la de Planeación y en la de Medio Ambiente, guiarán
la gestión en Proyectos Productivos que demanden apoyo
estatal, en Reforma Agraria, en Asistencia Técnica, en
Adecuación de Tierras y Riego, en delimitación
de Resguardos Indígenas y Consejos Comunitarios de Negritudes,
en Extinción de Dominio de bienes rurales y clarificación
de la propiedad y deslinde de tierras, en administración
de baldíos, incluyendo zonas de colonización,
de reserva campesina y de Desarrollo Empresarial.
Los lineamientos del Estatuto para imponer políticas
son los más regresivos consignados en la legislación
colombiana. Se condiciona el crédito y la promoción
gubernamentales a la producción vinculada a la exportación,
la acción institucional en la asistencia técnica
se limita a "estimular la creación" de prestadores
del servicio por el que los clientes rurales pagarán,
igual pasará con las obras adecuación, para las
que los usuarios recibirán un subsidio que "ayude"
en el pago correspondiente, y se avisa que la administración
de los actuales distritos podría darse a entes distintos
a las asociaciones de usuarios. El Estado abandona vitales funciones,
las privatiza.
Lo más perverso corresponde a lo que como
burla se insiste en llamar Reforma Agraria. Se reduce a un subsidio,
entregado a los supuestos beneficiarios, para completar el pago
efectuado a los oferentes de la tierra en un mercado donde el
Estado juega el papel de "asistir" la transacción;
esto si y sólo si existe un plan productivo aceptado
por INCODER. Se contempla la reestructuración de los
Resguardos Indígenas y los Consejos Comunitarios, verificando
sus límites desde las cédulas coloniales y prohibiendo
su ampliación, si ha lugar, con predios invadidos o que
"se pretendan invadir". Los planes de colonización,
especiales de adjudicación y de reservas campesinas tienen
como demarcación la Unidad Agrícola Familiar (UAF).
Mientras esta receta se brinda a quienes solicitan
tierra, el Estatuto prescribe que empresas "que se dediquen
a la explotación de cultivos agrícolas o a la
ganadería, podrán solicitar la adjudicación
de terrenos baldíos" sin la restricción de
la UAF, justificadas en "facilitar la incorporación
de sistemas modernos de producción que requieren alta
inversión de capital, dentro de criterios de racionalidad
y eficiencia". En igual sentido, evadiendo el contexto
de desplazamiento, establece que, quien "creyendo de buena
fe que se trata de tierras baldías", hizo explotación
económica y estable de un predio por cinco años,
podrá exigir el dominio a su favor y, así mismo,
cambia la expropiación de los predios improductivos por
su compra según avalúo, aunque la mantiene para
macroproyectos de "interés y conveniencia estratégicos".
Mezquindad con los necesitados y regalías con multinacionales,
consorcios y rentistas y con quienes puedan legalizar muchísimas
hectáreas venidas del despojo.
Entregar territorios a extranjeros para el desarrollo
de la agricultura fue una propuesta de Francisco de Paula Santander
en los albores de la República; este gobierno, que ve
caer en picada la producción y el empleo rurales, la
resucita como "modernización". Sin duda, la
expedición del retrógrado Estatuto, complemento
del TLC, concretará más expulsiones de otros millones
de familias indígenas, negras, campesinas y agricultoras,
ellas irán de la agonía a la aniquilación.