El Metro es un viejo anhelo bogotano. Una ciudad
que ha crecido de manera tan inconmensurable y que ha logrado
presentar un urbanismo contemporáneo, como pocas
metrópolis latinoamericanas, tiene derecho a reiniciar
el debate.
El sistema integrado de transporte requiere, como se sabe,
de la construcción de nuevas vías, represadas
desde hace treinta años; mejorar el servicio de Transmilenio
y adecuarlo en su flujo vehicular; organizar la circulación
del servicio intermunicipal de buses; generar obras conjuntas
con Cundinamarca, para construir periféricos; poner
en funcionamiento metrocables en las laderas de la ciudad;
crear un sistema que permita el mantenimiento por localidades
de vías secundarias y uno central para las principales;
definir cuál es el lugar óptimo para las centrales
de abastos, que impida el flujo de la carga pesada por las
arterias y puentes de la ciudad; recuperar el ferrocarril
como soporte parcial del transporte masivo y de carga; impedir
el represamiento de las multas; ejecutar ideas complementarias
al pico y placa; rotar el parque automotor concertadamente;
velar por el mejoramiento de los niveles de conducción
de los ciudadanos; hacer respetar al peatón y también
obligar a éste a usar las obras de infraestructura
diseñadas para su beneficio.

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En ello la construcción de
algún tipo de Metro resulta, evidentemente,
una solución que, desde luego, no resuelve
todos los problemas, pero sí coadyuva en
la dirección correcta. Entre 1985-1990, la
ciudad estuvo a punto de construir el metro a partir
de los contratos llave en mano. Se perdió
esa oportunidad y luego se insistió en una
concesión que los italianos tuvieron prácticamente
lista. Al crear el Estatuto Orgánico de Bogotá
se institucionalizó la necesidad de un transporte
masivo idóneo. Se permitió el uso
de la sobretasa de la gasolina como fuente de ingresos
para los efectos, que hoy, con el alza paulatina
del precio del galón, ha llegado a límites
importantes. Luego, la Ley de Metros estableció
una cofinanciación entre la Nación
y los municipios. Con base en ello, en el POT bogotano
se reabrió la posibilidad del Metro.
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Bogotá ha sido una ciudad generosa
en el traslado de recursos para el soporte presupuestal
nacional. El impuesto de rodamiento que pagan los capitalinos
lo usa la Nación en fondear las rutas veredales del
país. Así pasa con otros recursos que, por
ejemplo, en ocasiones anteriores han servido para comprar
algunos VOR de la Aeronáutica Civil. Y no es secreto,
por vía de la absorción de recursos capitalinos,
su colaboración en la financiación del Metro
de Medellín, e incluso del aeropuerto de Rionegro.
Como se sabe, la capital aporta una parte importante del
Presupuesto Nacional y solamente le revierten el 17%. Es
comprensible que así sea, pero siendo la principal
aportante del IVA, las transacciones financieras, el Impuesto
de Renta y otras tarifas, es obvio también que la
Nación coadyuve en solucionar muchas de sus necesidades.
Bogotá produce buena parte del incremento
del empleo nacional, ha sido en este año la generadora
de 43 mil empresas nuevas y su crecimiento del 10% ha jalonado
la economía nacional, lo que ha permitido llevarla
a un promedio del 8%.
Intempestivamente, el ministro de Hacienda, Óscar
Iván Zuluaga, ha dicho que "no hay plata para
metros". Se contenta con decir que a Bogotá
se le entregará lo comprometido para Transmilenio,
pero que ni de fundas erogarán un solo recurso para
ideas adicionales. Con ello el Ministro no sólo interfiere
el debate actual en la campaña por la Alcaldía
de Bogotá, sino que se le denota cierta desaprensión
para con la ciudad.
En su gran mayoría, el Concejo de Bogotá
ha señalado las debilidades de la Fase III del Transmilenio,
cuando ni siquiera se ha adecuado completamente la segunda.
Existe una inoportuna licitación en curso, que no
sólo por elegancia, sino para evitar suspicacias,
debería suspenderse por dos meses, a fin de que el
nuevo alcalde sea quien decida qué hacer con ello.
No es por la vía de un CONFIS que el Ejecutivo pueda
abstenerse de cumplir lo que está estipulado en la
ley, que es la cofinanciación para el tipo de transporte
masivo que seleccionen los bogotanos. Son la Alcaldía
y el Concejo, con los expertos respectivos, quienes deben
sopesar el asunto.
Está bien que la Nación apoye
los Transmilenios en ciudades intermedias. Son ellos, precisamente,
soluciones para este tipo de poblaciones. No puede por ello
apartarse a Bogotá del entorno nacional. Entendemos
que el gobierno y el Ministro no quieran pensar en grande
para la capital. El funcionario insiste en que si la ciudad
se compromete con una línea metro será por
cuenta y riesgo de sus finanzas. Muy amable. Mientras el
gobierno se afinca en la política del "no se
puede", los capitalinos se encargarán de demostrar
que "sí se puede".
Editorial El Nuevo Siglo, Bogotá,
21 de septiembre de 2007