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No había
ocurrido jamás. Por vez primera en
la historia económica moderna, tres
crisis de gran amplitud -financiera, energética,
alimentaria- están coincidiendo,
confluyendo y combinándose. Cada
una de ellas interactúa sobre las
demás. Agravando así, de modo
exponencial, el deterioro de la economía
real. Por mucho que las autoridades se esfuercen
en minimizar la gravedad del momento, lo
cierto es que nos hallamos ante un seísmo
económico de inédita magnitud.
Cuyos efectos sociales apenas empiezan a
hacerse sentir y que detonarán con
toda brutalidad en los meses venideros.
Lo peor nunca es seguro y la numerología
no es una ciencia exacta, pero el año
2009 bien podría parecerse a aquel
nefasto 1929...
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Como era de temer, la crisis financiera
sigue agudizándose. A los descalabros de
prestigiosos bancos estadounidenses, como Bear Stearns,
Merrill Lynch y el gigante Citigroup, se ha sumado
el desastre reciente de Lehman Brothers, cuarta
banca de negocios que ha anunciado, el pasado 9
de junio, una pérdida de 1.700 millones de
euros. Por ser su primer déficit desde su
salida en Bolsa en 1994, esto ha causado el efecto
de un terremoto en una América financiera
ya violentamente traumatizada.
Cada día se difunden noticias
sobre nuevos quebrantos en los bancos. Hasta ahora,
las entidades más afectadas han reconocido
pérdidas de casi 250.000 millones de euros.
Y el Fondo Monetario Internacional estima que, para
salir del desastre, el sistema necesitará
unos 610.000 millones de euros (o sea, el equivalente
de ¡dos veces el presupuesto de Francia!).
La crisis comenzó en Estados
Unidos, en agosto de 2007, con la morosidad de las
hipotecas de mala calidad (subprime) y se ha extendido
por todo el mundo. Su capacidad de transformarse
y de extenderse mediante la proliferación
de complejos mecanismos financieros hace que esta
crisis se asemeje a una epidemia fulminante imposible
de atajar.
Las entidades bancarias ya no se prestan
dinero. Todas desconfían de la salud financiera
de sus rivales. A pesar de las inyecciones masivas
de liquidez efectuadas por los grandes bancos centrales,
nunca se había visto una sequía tan
severa de dinero en los mercados. Y lo que más
temen algunos ahora es una crisis sistémica,
o sea que el conjunto del sistema económico
mundial se colapse.
De la esfera financiera la crisis
se ha trasladado al conjunto de la actividad económica.
De golpe, las economías de los países
desarrollados se han enfriado. Europa (y en particular
España) se halla en franca desaceleración,
y Estados Unidos se encuentra al borde de la recesión.
Donde más se está notando
la dureza de este ajuste es en el sector inmobiliario.
Durante el primer trimestre de 2008, el número
de ventas de viviendas en España cayó
el ¡29%! Cerca de dos millones de pisos y
de chalets no encuentran comprador. El precio del
suelo sigue desmoronándose. Y el alza de
los intereses hipotecarios y los temores de recesión
hunden el sector en una espiral infernal. Con feroces
efectos en todos los frentes de la enorme industria
de la construcción. Todas las empresas de
estas ramas se ubican ahora en el ojo del huracán.
Y asisten impotentes a la destrucción de
decenas de miles de empleos.
De la crisis financiera hemos pasado
a la crisis social. Y vuelven a surgir políticas
autoritarias. El Parlamento Europeo ha aprobado,
el pasado 18 de junio, la infame "directiva
retorno". Y las autoridades españolas
ya han proclamado su voluntad de favorecer la salida
de España de un millón de trabajadores
extranjeros...
En medio de esta situación
de espanto se produce el tercer choque petrolero.
Con un precio del barril en torno a los 140 dólares.
Un aumento irracional (hace diez años, en
1998, el barril costaba menos de 10 dólares...)
debido no sólo a una demanda disparatada
sino, sobre todo, a la acción de muchos especuladores
que apuestan por el alza continua de un carburante
en vías de extinción. Los inversores
huyen de la burbuja inmobiliaria y desplazan masas
colosales de dinero porque apuestan ahora por un
petróleo a 200 dólares el barril.
Se está así produciendo una financiarización
del petróleo.
Con las consecuencias que vemos: formidable
subida de los precios en las gasolineras, y estallidos
de ira por parte de pescadores, camioneros, agricultores,
taxistas y todos los profesionales más afectados.
En muchos países, mediante manifestaciones
y enfrentamientos, estas profesiones reclaman a
sus Gobiernos ayudas, subvenciones o reducciones
de la fiscalidad.
Por si todo este contexto no fuese
lo bastante sombrío, la crisis alimentaria
se ha agravado repentinamente y ha venido a recordarnos
que el espectro del hambre sigue amenazando a casi
mil millones de personas. En unos cuarenta países,
la carestía actual de los alimentos ha provocado
levantamientos y revueltas populares. La Cumbre
de la Organización de las Naciones Unidas
para la Agricultura y la Alimentación (FAO)
del pasado 5 de junio en Roma sobre la seguridad
alimentaria fue incapaz de alcanzar un acuerdo para
relanzar la producción alimentaria mundial.
También aquí, los especuladores en
fuga del desastre financiero tienen una parte de
responsabilidad porque apuestan por un precio elevado
de las futuras cosechas. De modo que hasta la agricultura
se está financiarizando.
Éste es el saldo deplorable
que deja un cuarto de siglo de neoliberalismo: tres
venenosas crisis entrelazadas. Va siendo hora de
que los ciudadanos digan: "¡Basta!".