EL CASO COLOMBIANO
POPULARIDAD Y CREDIBILIDAD
POR ÓSCAR MONTES
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Uno de los errores más
graves que cometen quienes realizan encuestas para los
gobiernos de turno es el de pensar que la popularidad
es directamente proporcional a la credibilidad.
Y ello no es así por la sencilla razón
de que la popularidad tiene que ver con la emoción
y la credibilidad con la razón y la confianza.
En la historia de América Latina han existido
gobiernos populares que no son creíbles. Alberto
Fujimori en el Perú, por ejemplo, era popular
pero generaba desconfianza. El mismo 85 por ciento que
lo respaldaba en las encuestas era el mismo que desconfiaba
de las medidas que adoptaban los hombres del régimen,
entre ellos el temido Vladimiro Montesinos.
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En el caso de Colombia está visto hasta la saciedad
que el problema del gobierno de Álvaro Uribe no es
ciertamente el de la popularidad, pero sí empieza a
ser el de la credibilidad. Y no deja de ser una gran paradoja
que el Presidente más popular del país en toda
su historia termine siendo uno de los menos creíbles.
La popularidad de Uribe tiene que ver con el hecho de que
durante sus casi cinco años de gobierno no ha dejado
un solo día de estar en campaña; es decir el
de comportarse como candidato, lo que lo lleva a valerse permanentemente
del recurso de las promesas electorales.
A buen número de colombianos le gusta Álvaro
Uribe porque ve en él a una especie de redentor y como
el único capaz de derrotar a la guerrilla, como él
mismo lo ha prometido las dos veces que ha sido candidato
presidencial. Y a otros les gusta porque, como diría
el ex presidente Alfonso López, han podido volver a
viajar por carretera de Bogotá a Melgar.
De manera que el problema del gobierno de Álvaro Uribe,
y de eso que llaman el Establecimiento, que no es otra cosa
que las elites nacionales, empieza a ser de credibilidad.
No en vano el 78 por ciento de los colombianos considera
que es 'imperdonable' que la clase política se haya
asociado para delinquir con los grupos paramilitares. Ello
significa que desconfía y si desconfía quiere
decir que no les cree.
Para la opinión pública cada día es
más evidente que un sector influyente del Establecimiento
le vendió el alma al diablo a cambio de que sus prósperos
negocios siguieran produciendo plata a rodos.
Otros lo hicieron a cambio de que se les permitiera conseguir
una buena cantidad de votos para ganar unas elecciones sin
importar las calidades éticas y morales de sus nuevos
socios estratégicos. Cada uno de ellos pensó
en su beneficio personal y hoy -cuando sus socios están
empezando a contar su versión de los hechos- están
pagando las consecuencias de sus actos.
EL VERDADERO DRAMA
Ese sector influyente del Establecimiento no tuvo reato alguno
en negociar con los jefes paramilitares de la misma manera
que lo habían hecho en el pasado con los comandantes
guerrilleros.
Que lo digan sino las multinacionales bananeras que les pagaron
por igual a unos y a otros. Y las empresas de transporte.
Y los comerciantes. Y los ganaderos, claro. Y los políticos
dedicados a la ganadería y los ganaderos dedicados
a la política.
Por eso nadie se extraña de que en las listas de Mancuso
aparezca medio país, si es que medio país estaba
en las mismas. Por esa razón es que el otro medio país
no les cree. De ahí que sean populares pero no son
creíbles.
Pero los que menos les creen son quienes están dispuestos
a desenmascarar de una vez por todas y para siempre ese maridaje
perverso que llevó al país a padecer la peor
crisis de su historia.
Es el caso de la Corte Suprema de Justicia cuyos magistrados
acaban de decir de manera categórica que apoyar o respaldar
a una organización paramilitar es tanto como pertenecer
a ella. Es ahí, precisamente, donde radica lo más
grave de todo lo que está pasando en Colombia porque,
contrario a todo lo que hasta ahora se ha dicho sobre las
verdades a medias de Mancuso, el problema no es que se sepa
lo que hacían los paramilitares con miembros del Establecimiento
sino que todo lo que cuenta el jefe paramilitar haya sucedido
en realidad.
Lo malo no es que Mancuso cuente: lo malo es lo que cuenta.
Esconder el polvo debajo del tapete no significa que la casa
quede limpia.
En su afán de esconder la mugre debajo del tapete
ese sector del Establecimiento comienza a ingeniarse fórmulas
para salir del embrollo en que ellos mismos se metieron por
cuenta de su ambición desmedida y su relativismo moral.
Entonces comienzan a escucharse voces desesperadas que hablan
de una Ley de Punto Final que permita por decreto el perdón
y el olvido entre los colombianos lo que no deja de ser un
grave error porque no sólo atenta contra una verdadera
reconciliación nacional, basada en la justicia, la
verdad y la reparación, sino que se le niega al país
la posibilidad de insertarse en la comunidad internacional,
la misma que hoy nos ve como una sociedad inviable.
Hoy por hoy la gran preocupación de todos los países
es la defensa de los Derechos Humanos, las garantías
a la libertad de expresión, la protección de
la vida como un bien supremo, la defensa de los recursos naturales,
el derecho a pensar diferente y poderlo expresar libremente.
En ese mundo globalizado y vigilante una sociedad que avala
las masacres de grupos armados ilegales siempre y cuando los
negocios sigan bien, la economía crezca y se pueda
viajar tranquilo por las carreteras, esa sociedad, digo, no
tendrá cabida jamás.
Para ningún país civilizado es válido
aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Ese principio,
que justificó el surgimiento y el respaldo de muchos
colombianos a los grupos paramilitares, está proscrito
en las sociedades modernas, pues simboliza la barbarie y no
la civilización.
Un país donde asesinan a 400 sindicalistas por el
simple hecho de reclamar sus derechos o por pensar diferente,
es rechazado por la comunidad internacional.
Y ello nada tiene que ver con el hecho de que los otros gobiernos
sean de izquierda o de derecha, o de centro; sean aliados
o contradictores políticos. Ni la Francia de Sarkozy
ni la España de Rodríguez Zapatero pueden permanecer
indiferentes ante esa situación.
Mientras ellos se escandalizan con esa cifra a nosotros nos
parece algo natural.
Ese es el verdadero drama que afronta Colombia como sociedad:
no se trata de ser populares sino creíbles y confiables.
Harían bien el gobierno y el Establecimiento en destinar
una buena parte de su popularidad a la construcción
de una sociedad más tolerante y más justa.
Ello incluye, por supuesto, el respeto a la oposición
y a quienes piensan de una manera diferente.
El Heraldo, Barranquilla, 19 de mayo de 2007
oscarmontes65@yahoo.es